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Despierto en medio de la mañana, solo han pasado unas
horas, unos minutos y me reencuentro conmigo. Con este yo sombrío como
escaparate para otros. Sí, esos otros que andan reducidos en un hábitat donde
todo se reproduce de igual manera. La originalidad se ha ido, no sé dónde…lejos,
muy lejos donde el miramiento del hoy no te destartale de tus cimientos. Porque
esos pilares enterrados en un subsuelo que nadie ve aun siguen vivos, aun
siguen emergiendo cuando bajo tu techo, bajo la amistad abraza sutilmente la
intimidad, esa reconditez de nuestra belleza, de nuestra opinión sobre
cualquier tema, cualquier color de este mundo. Eso sí, todos vamos cambiando, no
soy la misma persona del ayer, de un pasado que se envuelve en cenizas en la
memoria y cuando la marea nos lleve todo quedará en el olvido. Yo en mi sofá,
miro mi piano, encima un portarretrato en que la nada es su foto. Las imágenes subexisten
en mi corazón, en este cerebro mío que se va modificando con el paso de los
años. No , no tengo ninguna imagen, mis seres queridos suelo recuperarlo por su
olor peculiar. …Uhm, esos aromas, vienen a mí con un poco de felicidad. Buenos
recuerdos, a ellos nos tenemos que amarrar para que el paso del tiempo nos de
la libertad necesaria de continuar. Estoy apuntando mi futuro en mi memoria,
esta memoria que no se cansa. Un recorrido por un ayer donde he sido sonido de
flautas en la hegemonía de mis ideas. Y , ahora, la soledad imperante en mi
necesidad me da la suficiente independencia para crear este mundo entre estas
paredes que se entorna en mí. En este aislamiento deseado he fabricado mis
pisadas, mi hoy. Cuando nos lleve la marea…sí, será como baile donde las
pardelas entonarán su llanto peculiar, exótico, estridente y los cetáceos también
entonarán su llanto de cementerios donde los cipreses abanderaran la ida Uhm,
sí, no queda otra, algún día me iré. Me reincorporo, voy hacia el piano ese
amante perfecto, bello, maravilloso que achica mis lamentos, mis temores. Ahí
soy yo, un yo que veces por dejadez o por erradicar la realidad no se mira frente
a un espejo…un espejo donde se refleja la sequía resquebrajando mi solidez. Me
siento ante él y siento que algo roza mi nuca. Paso la palma de mi mano y un
calor extraño como si transmitiera un poco corriente me la aparta. Me yergo,
miro detrás de mi . Y no sé porque parece que una sombra haya pasado ante mí. Y
no sé porqué no tengo miedo, el recelo no me viene. Me vuelvo, me siento otra
vez ante el piano, lo abro. Sus teclas blancas y negras me dicen del juego de
mis dedos al entonar una melodía de mis adentros, de este interior somnoliento
en la quietud. La quietud de mi alma. La quietud de las horas que parecen morir
como cuando nos lleve la marea. Emito un silbo y me apoyo en las teclas, una
pena resonante raja mi garganta ante una tristeza contenida. Y otra vez ese
calor en la nuca, y otra vez esa sombra negra colándose por mi casa con una
celeridad trepidante tanto, que no la puedo cazar con mis ojos. Y otra vez me levanto,
pero dudo y me siento, entono esa pieza que está en mi silbo. Cuando nos lleve
la marea, edifico cada pedazo de esta composición como hija de las mareas, de
ese viento que estalla en esta jornada presente. Su susurro golpea contra las ventanas…cuando
nos lleve la marea un tono melancólico ambienta este salón donde todo mi yo
emerge en un querido equilibrio. Pacíficas notas y yo ante un escenario donde
las butacas de la sala están vacías. El piano y mis manos y mi corazón se dejan
ir hasta el culminar de la jornada.
