Con la serenidad de las horas, de los minutos, de los
segundos nos envolvemos en velos donde los rostros apagados es lumbre de la
ensoñación. Un soñar despierto en la búsqueda de ese aliento que enderece las
pisadas invernales de las horas, de los minutos , de los segundos. Las aves
asoman su brío, su belleza y una mezcolanza entre el presente que se va y el
mañana que viene y ya se ha ido nos captura en la templanza de un continuar por
la orilla de esas playas vacías. Se besan, se acarician y sus diminutos cuerpos
son túnel de un tiempo que no existe. Inflamamos nuestros pulmones y nuestra
verticalidad asciende a la cumbre de unas horas, de unos minutos, de unos
segundo que se van y no regresan. Y con esta serenidad, me arrimo donde las
playas vacías deleitan mis labios, esta piel árida donde los sueños eviternos
me lleven al constante infinitos de las olas.
