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Desobedezco. Contradigo a la forense.
Dejar los cuerpos donde están, así han permanecido estos siglos, este tiempo
que nos abandona en una sabia madurez, en una vejez donde lo confortable en la
memoria de aquellos que se han ido a la manera afable, de paz. Esos aborígenes,
que no son aborígenes, sino una continuidad de un pasado hasta el hoy deben
permanecer en su último abrazo, en su ultimo beso, allá, en las cumbres, en esa
cueva donde fueron aislados hasta la mortandad. Dice de su conservación, pero
si han permanecido así hasta este presente que viene , que va seguirán de igual
a lo largos de años venideros. Le cuelgo, la lluvia se ha esfumado, un sol
premiso de gentes que salen de sus agujeros presta al andar por esta pequeña
ciudad de una isla del atlántico. Callan todas las voces de este invierno, los
chubascos, la erupción . El genterío se prenda de nuevas noticias, de nuevas
ilusiones. Me acerco al balcón , observo estos geranios que encienden su
bonito. No, he dicho que no. No me comprende. Una discusión advierte mi
retroceso ante el descubrimiento. Que canten las Harimaguadas, que sus
oraciones sean propósitos del respeto, del sentido que tomo está historia
dudosa. Las escucho. Sí, sus almas rondan en este sillón verde donde estoy postrada. Suplican el abandono del
saqueo, de esa dignidad de sus orígenes, de su pueblo. Correr, correr, ser
valientes ante las fuerzas contrarias de vuestros espíritus, libres, jóvenes,
florecillas donde las mariposas habitan, donde el pinzón azul viste su canto
más lúcido y bello. Correr, correr, ahí está la gruta que os guarecerá los
siglos por los siglos. Mi voz los
escucha, ese jadeo impertinente del final de sus ánimos, desorientados. Y me
entra ganas de llorar. Y lloro, aquí postrada en mi sillón verde. El piano y la
perrita me examinan, un aliento restablecedor , vigorizante seduciéndome a
sostener mis prioridades, estas ideas mías….solo mías. Oh, madre, estoy aquí,
en tu casa frente al piano y con tu perrita, me siento a gusto con la voluntad
de mis pensamientos y me dejo llevar por el destino. Mis fuerzas parecen tomar
aire. Un aire que me expansiones más allá de esta vía láctea. Y me doy cuenta
que el tiempo en esa oscuridad solemne no existe. Y me doy cuenta que el
espacio no existe. Me alimento de un choque extraño, envejecemos, aquí, en este
mundo donde los más crueles desprecios, deseos se vierten en ojos negros
absurdos. Contengo mi rabia, mastico y una solaz calma me visita. De nuevo el
teléfono suena, yo en mi sillón verde. Aquí mi perrita y un piano. Ay madre, me
escurro ensimismada en cada gota que nos estrangula y la hago añicos, así, como
bolitas de papel que van quedando en mis pisadas y que el viento cómplice se
lleva a la profundidad de los pozos. Produce una desmemoria convenciéndome de
mi verticalidad, de mi eclipse ante los ojos despiadados. Ahí se quedarán los
cuerpos, un secreto entre yo y la forense hasta que sea oportuno contarlo para
que haya de hacerse. Firmamos un convenio, una misteriosa promesa que nos
alivia por momento. Veo personas arrastrando grilletes de la esclavitud, de la
decisión dictatorial, propagandística, difamatoria hacia ellos. Van lejos, muy
lejos donde la libertad sea oasis donde
los sueños son corroborados positivamente. Los cuerpos de estos jóvenes se
quedarán ahí, en ese nido donde el amor se guareció de la sanguinaria tempestad
humana. Sí, somos humanos . Sí, somos ecos de siglos. Sí, somos origen de un
universo que se expande, que se contrae…lo visualizo aquí, en este sillón verde con la perrita y mi piano.